(Un callejón. A la izquierda, una puerta abierta que da a un patio de vecindad; a la derecha, la fachada de un café que mira a la calle; de frente, esquina.)
(En el rincón, a la derecha del espectador, está sentada una mujer, vestida de luto, con un niño dormido en los brazos. Tiene el rostro consumido, y su mirada se pierde hacia la calle. Un poco más allá, de pie, apoyado en la pared, está un hombre pequeño, encorvado, con barba corta y gafas: MAX ESTRELLA. A su lado, con semblante jocundo y andar ligero, su amigo DON LATINO DE HIPONA.)
DON LATINO. —¡Bah! No te mortifiques, Max. ¿Qué importa? La calle está llena de gente. Mañana quizá nos dieran dos duros. Hoy estoy alegre. ¡Vamos al café, home!
MAX. —No, no. Estoy cansado, Latino. La luz de la calle... me destroza los ojos. Siento un dolor en la cabeza como si me la cortaran con tijeras. Yo no puedo ya, Latino. Soy viejo. (Se sostiene la sien.)
DON LATINO. —¡Viejo tú! Si pareces de veinte años con esos jirones de juventud que te quedan. Hablemos de mujeres. ¿Has visto a la de la esquina? —(Señala.)— Es la que canta en el tablao. Tiene unos ojos que son dos tajos de luna. —¡Anda! ¿y tú qué sabes? Tú, que no sabes ni contar!
MAX. —Yo sé contar, Latino. Sé medir la miseria. (Pausa.) ¿Tú crees que la gente de Madrid sabe lo que es la pena?
DON LATINO. —La gente de Madrid sabe lo que es la alegría, que es lo mismo. Vamos, acompáñame. Hoy la noche huele a vino nuevo. —(Abrazándole.)— Anda, viejo, no estés tan serio.
MAX. —(Con ironía.) —Siempre dice uno eso cuando no tiene ya nada que perder. Pero yo he perdido mucho: la vista, el sueño, la esperanza... y hasta el oficio. (Se apoya en el brazo de Latino.) ¡Ah! —(Mira hacia la puerta del patio.)— Mira, ahí viene mi mujer con el niño. ¡Pobre castaña!
(Entra la mujer con el niño. Se detiene al ver a MAX; baja la cabeza y no habla.)
LA MUJER. —(Con voz queda.) —No vuelvas, Max. No hagas caso de los ojos que te miran. Ven a la cama, hijo. La noche está fría y la calle tiene hambre.
MAX. —(Con ternura.) —No, no puedo. Tengo la cabeza rota de pensar. Voy a sentarme aquí. (Se sienta en el escalón.) No me pidáis lujos, mujer. Yo ya no pido nada. Sólo un poco de pan para el niño.
LA MUJER. —No te aflijas. Yo te ayudaré. He vendido la mantilla por dos reales. (Pausa.) ¿Has visto, hijo, que la madrina de la iglesia nos dio una limosna?
MAX. —La limosna viene siempre como una sombra: se nos acerca a hurtadillas y se va sin dejar nombre. (Se levanta.) Voy a la taberna a ver si me dan algo. Si vuelvo tarde, no me esperes.
DON LATINO. —(Con pena.) —Tú, Max, que eras el más orgulloso entre nosotros...
MAX. —(Interrumpiendo.) —El orgullo no da de comer, Latino. Y yo he aprendido una lección: que la vida es una farsa en la que los pobres somos actores sin papel.
(Todos miran hacia la calle. Un ruido de carrozas y voces se aleja. Se apagan las luces lentamente.)