El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Segunda parte. Capítulo X

Miguel de Cervantes Saavedra

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La víspera había hecho don Quijote en la venta una bizarría y caballeresca acción, que con ella y con las otras que acaecieron, como de orden es, se satisfacía la curiosidad de los que quisiesen saber lo que pasara en aquella no pequeña empresa. Después que hubieron dado espaldas a la venta, y a la gente de ella, y que Sancho le hubo pedido cuenta de todo lo que allí había pasado, dijo don Quijote: «Ya conoces, Sancho amigo, que en los altos negocios y empresas de caballería no pueden darse reglas, ni cuidarse costumbres humanas; que lo que parece gran flaqueza en un hombre, puede ser alta prudencia en otro, y lo que a muchos parece proceder de locura, a otros muchos les puede parecer cordura.»

Respondió Sancho: «Yo no sé mucho de eso, señor; pero sé que cuando yo veía que el caballero del león me perdonó, me sentí tan contento que no sé decirlo; y si alguna vez hubiera de pedir gracia de mis agravios, pediría la que yo a mi señor el caballero pedí, que fue más por guardar la lealtad de mi palabra que por otra cosa. Yo no soy tan sabio que vaya midiendo los hechos por artimañas de palabra; yo sé ver lo que veo y digo lo que pienso.»

Don Quijote replicó: «Muy bien dices, Sancho; y está dicho con pureza natural. Oye ahora lo que a mí me piensa y me parece: que todos los desengaños a que está sujeta la vida humana, y todas las mudanzas que en ella se ofrecen, sirven a la experiencia para enseñar a los que, como yo, andan en tan desaliñados oficios como son los de la caballería. No pido, como bien te llevarás a entender, que me crean todos; solo deseo que se me oiga con respeto y que se me compadezca con caridad.»

Sancho respondió: «Señor, a mí me parece que estáis tan discreto como es posible; y si así no fuese, yo no tengo duda sino que lo estoy viendo; y confieso, además, que en cosa que huela a hacer bien andaré con vos cuanto la naturaleza me diere lugar. Mas, si de allí a poco tiempo nos fuéramos a meter en otra aventura, yo no sé si me hallarán tan valiente como lo he sido en esta última, porque la zorra que me comió la bolsa no me dejó de cuenta ni de polvo; antes me dejó hecho un costal de espantos.»

Don Quijote, tomando la mano de Sancho, dijo: «No te espantes, Sancho; que toda tristeza tiene su remedio si la razón la gobierna. Recuerda que los bien nacidos, y los que tienen la conciencia sosegada, no temen a la fortuna, que es ladrona y cobradora; y al que le han de quitar mucho, que no se espante al principio, que lo que más duele en una pérdida es el principio del daño.»

Sancho calló, y se pusieron a andar los dos por el camino que conducía a la ciudad más próxima. Iban meditando en lo pasado y en lo que les podía suceder; y aunque a cada paso se ofrecían motivos para hablar, ninguno de ellos quería añadir a la turbulencia de sus pensamientos otra nueva materia para discurrir. A poco, hallaron en el camino a un pastor que venía con su rebaño; y llamándolos a ambos, les dijo: «Caballeros, no os espantéis de ver por estos contornos a quien va a pelear por causa que no le pertenece; que la verdad es hija de su tiempo, y el tiempo hará que todo venga a su lugar.»

Don Quijote, que siempre estaba dispuesto a enmendar agravios ajenos y a tomar por espada las causas que juzgaba justas, se volvió al pastor y le dijo: «Dime, buen hombre, si hay por acá algún agravio que pedir remedio; que mi oficio y mi voluntad es poner la mano donde la necesidad la pida.» El pastor, viéndole en figura de caballero andante, hizo una reverencia y respondió con humildad: «Señor caballero, bien quisiera yo que vuesa merced me diera licencia para que yo, con mis propias manos y con los de la villa, acertase a vengarme; mas no puedo pedir cosa que no he de conseguir, porque mi mano es tan medrosa como las de otros muchos.»

Estas razones hicieron que don Quijote, aunque no supo la materia en que el pastor estaba agraviado, le alentase con promesas de socorro, y Sancho, no pudiendo menos de seguir a su señor, juró que en cuanto supiese de lo que se trataba, fuera cualquier cosa, pondría en ello su parte. Así, caminando, llegaron a una llanura en cuyo centro había un árbol, y debajo de él un hombre atado, que se quejaba y pedía socorro con voz que partía las entrañas.

Al ver aquello, don Quijote, sin detenerse, entró en prisa por desatar al hombre; mas el pastor y algunos aldeanos, que junto a él se hallaban, dijeron con voz temblorosa que no le quitaran la ligadura; que era cosa de justicia, y que si se le desataba, se harían cargo de la inobediencia que con ello cometían. «No importa, —dijo don Quijote—, que si la justicia es mala, yo la enderecharé; y si es buena, la guardaré. Idos, pues, y dejad que yo haga mi oficio.»

Los aldeanos, viendo la determinación de don Quijote, se apartaron; mas cuando él, con la mayor diligencia, vino a desatar al hombre, salió de entre unas ramas un hidalgo que dijo: «Alto, señor caballero; vos no tenéis licencia para libertar a este hombre, porque es preso de ley y justicia.» Don Quijote, que siempre confundía la ley humana con la del valor, replicó: «Si la ley atenta contra la verdad y la piedad, yo la quiero quebrantar; que la justicia de los hombres muchas veces yerra, y la piedad debe sobrellevar la razón de los jueces.»