En la posada, que dije que como los caminos eran muy largos y no había gente que me ayudase, y que aun la mera piedad de los que me tenían por criado me era de poca utilidad, advertí que mi amo, que así diré por discreción como por costumbre, no se acordaba de mí cuando había de gastar, sino que yo le era, de continuo, molestia; y así, muchas veces me dejaba sentar en un rincón, y entraba en la cocina y ensillaba el burro, y, sin decir palabra, se subía a la montura, y me dejaba a mí en la sala con las migas de pan que por suerte se habían quedado en la mesa, que él no había de comer. Yo, que sabía más de la miseria de mi oficio, que de las razones de su crueldad, me ponía a contar los sesos de las moscas, y a comer las sobras, que eran a manera de ayuno, y me decía: Señor, este es el pan de la limosna; vayan todos, y el que ha de hartarse, que sea mi amo.
Pasó mucho tiempo en este modo, y yo cada día más flaco, que, como me decía mi madre, por alguna falta quedaré sin la vida; y viendo yo que de otra manera no había remedio, busqué la manera de servirme conmigo mismo, y me acordé de que, en otros amos, a falta de pan comía yo otras cosas; y así, como vi que mi señor no me daba más de lo que era menester para acomodar mi cuerpo, pensé que si no cogía algo de las cosas que él guardaba, me moriría de hambre; y comencé a roer las costillas de la olla, y el jarro, y aun la alacena, y a hurtar lo que en ella había, cuanto era menester para mi sustento.
Mi amo, que en esto era bien receloso, comenzó a sospechar que algo se perdía; porque, como los que tienen cosa en mesa y no la comen, ponen sobre ella más cuidado, así él, guardando mucho sus viandas, sentía que se le iba algo; y puse yo por mi parte cuantas artificiosas tretas pude, para que ninguno me viese, porque me persignaba y decía: Así gasta, y yo no puedo decir nada.
Díjome una vez mi amo, con voz de enojo, que fuese a la despensa a ver si estaban bien las cosas; y yo, que tenía los pies de plomo, y la lengua corta, fui y miré, y con la vista hallé lo que había menester; mas como no quería yo gran ruido, tomé lo que pude en las manos y me volví a la cocina; y no era yo tan ruin para comer delante de mi amo lo que hurtaba, sino que me iba a un rincón y comía a escondidas, y luego, lavando las manos y la boca, volvía a mi oficio, y fingía que no había pasado nada.
Mas aunque yo procedía con toda cautela, no dejó de ser que mi amo, que por su modo era muy recatado y de ingenio sutil, halló la causa de mi latrocinio; porque la noche que yo había comido más a desto, halló en la mesa una costilla puesta fuera, y preguntó a mí y a la criada, y como ninguno respondiese, comenzó a maltratarme, y a decir que yo era ladrón y engañador; y yo, que nunca supe roundedar palabra para defenderme, me puse a llorar, y dije: Padre mío, yo no sé robar, ni sé que tenga manos para quitar cosa que a vos pertenezca.
A lo cual él respondió con más enojo: ¡Que si no sabes robar, que si eres sinvergüenza, y si has de comer de cuanto no es tuyo! Y me dio tales golpes, que apenas pude quedar en pie; y aunque pedí clemencia, él no quiso oír. Mas viendo que yo, por la hambre y por los malos modos de mi vida, me hacía cada día más flaco, comenzó a compadecerse de mí, y me dio de su pan de la cena; y así comí alguna vez con él lo que antes hurtaba.
No obstante esto, no se disminuyó su avaricia, sino que, para más seguridad, comenzó a poner medidas y candados en las casas, y en la despensa, y en las iglesias, y en todo cuanto tenía; y hacía en la mesa tantos sacrificios y prestezas para cerrar y abrir cajones, que era más pesar para los criados que provecho para él; y así yo, viendo que por esta vía no hallaba remedio, pensé buscar otra, y comencé a fingir enfermedad, y a pedir con lágrimas el sustento que me fuese necesario.
Venía muchas veces a mi cama con testimonios de una crueldad fingida, y me decía: Hombre, si no quieres morir, come esto; y me daba tan poco, que estaba otra vez como antes. Yo, por no perder lo poco que ganaba, hacía grandes señales de aprecio y agradecimiento; y así, con estas limosnas y con otras cosas que hurtaba de escondidas, pude vivir algunos meses, hasta que, por fortuna, mi señor murió, y yo quedé en libertad de buscar mejor vida y mayor sustento.