I. Al tercer día Tú, con tus manos de ceniza, y yo con mi familia de tierra, heredera de una voz que duele, de una voz que arde y no olvida, las dos manos llenas de sombra, los dos ojos llenos de herida, dos bocas con los labios secos, dos amores con la flor abierta.
Tus manos, que no tocan tierra, son una cosa que no muere; mi mano te acuna, te alumbra y te remata con su nombre; te da la voz por la garganta y te quema con su hambre; te ata con su punto al pecho, te trae la sal y te conserva.
Tú y yo en un mismo silencio que es un rumor de manos muertas, una flor en la raíz que crece y hace sombra a otras flores; ese silencio que no cesa y que hace que mi voz te nombre.
No te busco, no te hallo, y sin embargo te nombro, como quien tiene una herida del tiempo y no la cura. Al tercer día me dirás: ‘Yo soy tu nombre’.