La familia de Pascual Duarte

Camilo José Cela

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Nací en Mayorga, pequeño pueblo de la provincia de Badajoz, en 1882; mis padres eran labradores de poca vaca y mucha rapiña; mi padre se llamaba José María Duarte y mi madre Mariana Paret. Creo que el primer recuerdo que conservo de mi infancia es el de una luz amarillenta, de mecha corta, que se inclinaba sobre la mesa de la cocina, y, detrás de ella, si no recuerdo mal, la figura de mi madre cosiendo con la boca apretada y los ojos encendidos.

Mi padre era un hombre de trato severo y de mala voluntad; bebía a menudo, y cuando volvía a casa borracho, los cabos acababan en golpes. Yo había visto a mi padre matar a un vecino en una riña, y aquello me dejó un miedo que no se borró jamás. Tenía también un hermano mayor, Paco, que era ladrón y pendenciero; mi madre le defendía con ternura ciega y decía que él no podía, porque era hombre de la calle.

La miseria nos acosaba como una jauría; apenas teníamos trigo para la casa y la ropa estaba raída hasta los huesos. Mi madre trabajaba de jornalera en los pueblos vecinos, y yo aprendí a quererla y a temerla a la vez, porque su voz era firme y su cariño, duro. Cuando el hambre apretaba, salíamos a pedir, y el pueblo nos miraba con desprecio, como si llevásemos marcada la sentencia de infamia.

Desde muy niño me atrajeron las armas y las peleas; me gustaba ver las cuchilladas y el vértigo de la sangre. En la escuela no fui nunca; aprendí a leer con dificultad y a escribir lo indispensable. La violencia se me iba metiendo por dentro como un ruido de campanas, y las broncas del padre, y las palizas que recibía cuando me pillaban robando pan, me fueron amoldando al espíritu de vindicta que rige en las gentes del campo.

A los quince años salí por primera vez de casa, y me fui a trabajar como jornalero por las tierras, cambiando de amo según la temporada. Conocí la dureza de los señores y la paciencia de los jornaleros; aprendí a mirar con ojos recelosos todos los movimientos de la autoridad. Mi hermano Paco seguía en su vida de maleante; una vez estuvo preso, y mi madre fue a verlo llorando como una loca, suplicando a quien le oyera que lo sacaran de la cárcel.

El tiempo iba pasando, y mi corazón se iba llenando de rabia y de deseos de venganza por todas las humillaciones sufridas. Me enamoré de una moza llamada Rosario, que era hermosa y triste; con ella viví algún tiempo una ilusión que pronto se deshizo porque mi familia no permitía semejantes ligazones. Al final, por no poder soportar la opresión, me metí en peleas serias; maté a un hombre en defensa propia, aunque dicen que fue a traición.

La justicia me persiguió y me encarcelaron; en la cárcel pensé mucho en mi madre y en el destino que nos había dado la tierra. Me vinieron a ver aquellos a quienes yo había lastimado, y yo sentí una mezcla de culpa y de orgullo. Al salir de prisión, la vida me mostró que nada había cambiado; la ignorancia y la miseria seguían siendo dueñas, y yo comprendí que mi destino estaba sellado desde el día en que nací en aquel pueblo de mala suerte.