(Trilce — Poema I)
En traje de luz. —No, no. —En traje de honra. —No. —En traje de trabajo. —No. —En traje de cera. —No.
Los que me han de lustrar vivirán todavía; y yo he de ser más niño que cuando tuve madre.
Yo no soy hombre de quien se haga luto; soy hombre de quien se haga orgullo.
Yo voy a sufrir y a reírme de ti, como de la sombra de una casa que se ha quedado sin techo y sin puerta.
Y cuando yo muera me vestirán los de mi sangre, si acaso la sangre tiene quien se la ponga; y me cerrarán los ojos los que me han visto ciego.
Y si no, me cerrarán los ojos unos ojos que no son míos: otros ojos que me miran de fuera al pasar por la calle.
(Los heraldos negros)
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo demás se nos viniera abajo.
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo del más fuerte.
Serán tal vez los puños despiadados de un destino que nos golpea sin querer, como los verdugos golpean a un preso que no conoce la causa de su pena.
Son como un hierro que al pensamiento atraviesa y deja el alma tendida, muda, como una estrella caída en la noche del pecho.
Yo no sé. Es posible que ese desastre no tenga nombre, que sea una cosa muda y sola que pasa, y que nos deja sordos y azorados, con la lenta costra del dolor cubriendo nuestras manos.