Bodas de sangre

Federico García Lorca

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Escena primera. - El patio de la casa de la novia. A la izquierda, la puerta de la cocina; a la derecha, un corredor que da al corral. Al fondo, un aljibe. De las paredes cuelgan cosas de bodega y de labranza. En el plano: una moza que barre; la criada que pone una mesa y que, de vez en cuando, se asoma a la puerta de la cocina; la madre y la novia, sentadas. La madre, un sinvivir continuo; la novia, muda y como sin dentro.

Madre. —Mas que estás tú ahora... siéntate, hija, que yo estaré de pie. No sé cómo me he de quedar. Antes que lo sepa él —señor padre— me da la noticia. Y yo no he de ver la cara de él. Me han dicho: «No mires»; pero yo tengo que mirar. ¡Ay, el pensar! Hija, recuéstate. Tú, ahora, no respires. Y, cuando bailen los dos, tú te me quedas quietecita, como si fueses un cadáver.

Novia. —No tengo sueño.

Madre. —¡No tengas! pero no te muevas. Si te mueves, te mataré. No llores. ¡Ay, qué cosa más mala! ¡De qué color nostálgico te pones en la cara! ¿Te acuerdas cuando nos trajeron las mantillas? ¡Si fue que se me heló la sangre!

Novia. —No besa la gente; no nos besan.

Madre. —La gente besa con las manos. ¡Hija, que viene tu padre!

(El novio entra. Detrás de él, el padrino y dos convidados. Son todos de campo; las manos huesudas; las botas curtidas; los rostros tostados por el sol. El novio, de figura recia y firme. Se sienta.)

Novio. —Buen día. (Se vuelve hacia la novia; ella lo mira con atención.) Buen día, señorita. (A la madre, con cortesía seca.) Señora, buenos días. ¿No habréis de sentaros a la mesa?

Madre. —No hemos de comer hasta que salgan los mozos. Vente, hija, que te quite la novia. (Sale la criada con un plato.)

Novio. —¿Qué traeis?

Criada. —Sopa y puchero.

Novio. —Pues venga. (A la novia.) Vamos a sentarnos. (Se sienta. La novia mira con ojos fijos. Silencio.)

Madre. —¿Qué os vais a comer? ¿Qué os vais a poner? ¿Y al cura? ¿Qué le dará? ¿Y al sacristán? ¿Y al cirineo? ¿Y al alguacil? ¿Y al pianista? ¿Y al compadre? ¡Ay, que se me ha pegado esta boda por dentro!

Novio. —Amaneció muy claro.

Madre. —Que te cases, que te cases. ¡Que te cases! ¡Ay, que te casas!

(Entra la vecina con un joven. La vecina traía flores.)

Vecina. —¿Cómo está mi señora? Vengo fuera de sí. Le traigo una rama de azahar para que la prendáis en la peineta.

Novia. —Gracias.

Vecina. —Ya está todo en su punto. Las caballerías, las cabeceras. ¿No se ha ido el mozo?

Madre. —No. Está aquí mismo. (Señala al padre del novio.)

Vecina. —¡Pero qué cara! ¡Ay, que está la pobre! (A la novia.) ¡Qué guapa vienes!

(Se oyen unos toques de guitarra en la lejanía. Se abre la puerta del corral. Entran los mozos del pueblo, con guitarras y palmas. El novio los saluda. Silencio corto. Se dirigen a la mesa, bailan y cantan.)