Unos causales y unas cosas, dolores y migraciones,</br>una voz, un amor, un tiempo, y otra vez la voz, y otra vez el amor,</br>pero también el tiempo —he aquí la red— que todo lo enreda.
Piedra de sol: te nombro y te canto. Eres la esfera del día,</br>el ojo que no duerme, el disco, la rueda del mundo; eres lo que gira</br>y al girar devuelve su cifra: la cifra del amor, la cifra del tiempo.
Siempre hubo, hay y habrá un centro. Todo se enlaza: cuerpos, ojos, manos,</br>rostros, palabras. En el centro no cabe el centro: si existiera sería ausencia.
Así comienzan los nombres: por el vértigo y la necesidad de nombrar.</br>Yo te nombro, y al nombrarte te invento; te invento y te pierdo.
Amor: preludio y fin. Amor que nace y muere en cada gesto;</br>amor que vuelve a nacer en la memoria de quienes lo nombran.
La historia es un círculo. La ciudad que habitamos se repite en sus piedras,</br>en sus puertas, en sus sombras. Lo que fue vuelve como símbolo y se reinventa.
No hay instante que no arrastre un pasado ni futuro que no lleve dentro</br>la huella de otro tiempo. Somos la continuidad rota por la mirada.
La lengua es puente y cuchillo. Digo y desdigo: con la palabra construyo</br>y con la misma palabra destruyo el edificio que acabo de erigir.
El ritmo del poema es el latido: ora lento, ora febril; ora claro, ora</br>enigma. En cada vuelta renace la figura y cambio: soy distinto
Pero siempre vuelve la piedra: la piedra de sol, que es círculo y ojo,</br>memoria y anticipación. En ella se cifra el nombre y el destino.