En mitad del camino de la vida, me hallé perdido en un bosque oscuro, porque mi senda verdadera había desaparecido. ¡Cuán duro decir lo que vi, cuán difícil explicar lo que sentí! Fue un horror profundo, una noche sin amanecer; y sin embargo, mi sangre joven aún ardía con el fuego posible de la esperanza.
Las tierras de Castilla son duras y austeras; el horizonte es metálico y frío, y el viento que las atraviesa trae consigo el rumor de antiguas derrotas y de rezos. Aquí el hombre se mide con la tierra y el tiempo; la existencia se apoya en un crujir de hojarascas, en la labor de la jornada y en la conservación de una memoria de siglos.
Yo vengo de regiones donde el laurel y la sombra de las fuentes me guardaron; pero he conocido la Castilla desnuda y he sentido su enorme tradición: su soledad me hizo hablar con la ausencia y su piedra me enseñó a escuchar el silencio del mundo.
Recuerdo a mi madre en la estancia vieja, cosiendo al borde de la ventana, y su mirada llevaba el dulce rastro de la paz doméstica. La casa olía a pan y a pájaros; y en la mesa, junto al vino, cantábamos bajito los viejos romances que hablan del rey y del labrador.
El río pasaba lejano, como un hilo de plata. Sobre su ribera crecían las mismas hierbas y los mismos sauces de siempre, y la vida fluía con una calma que ningún mercado altera. Mas la ciudad cercana llamaba con voces de hierro y humo; y los jóvenes partían a buscar fortuna bajo el silbido de las máquinas.
A veces, la tarde tiñe los trigales de un oro tan vivo que parece un milagro; y entonces el labrador se siente dueño del mundo, dueño de ese pedazo de tierra que alimenta y salva. Pero la sombra no tarda en volver, y con ella el cansancio de la zaga y la pregunta inmóvil de la muerte.
Hay en Castilla unas piedras que guardan antiguas heridas; son las ruinas de palacios donde el polvo habló de glorias y la hiedra cerró templos. Paseando por sus alrededores, uno siente la historia comprimida en los muros, el peso de las generaciones que pasaron y dejaron sus nombres en el aire.
Yo he visto en la llanura figuras erguidas como hombres de bronce: las encinas, las torres, los molinos. Y al caer la noche, cuando la luna se eleva pálida, se oyen los pasos de la memoria que traza sobre el polvo un mapa de voces y de fechas.
En la soledad de los caminos encontré a muchos que hablaban poco; sus manos contaban historias mejor que sus voces. Eran hombres de trabajo, curtidos por el sol y por la paciencia; y en sus ojos había una resignación luminosa que no pedía consuelo sino justicia.
Si alguna vez preguntan quiénes somos, contestad: somos sangre y silencio; somos los que lavan la tierra con sudor y con canciones; somos la raíz que sostiene las casas derruidas y el canto que se mantiene cuando todo se olvida.
Amo la Castilla por su firmeza y por su pena; amo su cielo tan alto que obliga al pensamiento a volar. Allí el tiempo se hace dura lección; cada estación enseña a perder y a ganar con la misma mano.
Y cuando la muerte cierre mi día, quisiera que mis huesos reposaran bajo una encina, en la parte más antigua del campo, para que el viento que siega las mieses me cante su canción final y mi nombre se confunda con la palabra tierra.