En una biblioteca de Babel, en una de las murallas que no correspondían al itinerario acostumbrado, hallé —siempre he pensado que por azar— los dos volúmenes de una enciclopedia que no figura en ningún catálogo. Ese hallazgo provocó en mí una curiosidad lenta y persistente: así como hay libros que se leen de un tirón, otros se leen de a poco, con frecuentes interrupciones, como quien vigila una enfermedad o la relación de un amor. El primero de los volúmenes, que llevaba la letra T, parecía completo; el segundo, que debía ir de U a Z, estaba amputado. Sólo contenía la entrada "Uqbar" y, al pie de ésta, una referencia circular: "Véase Tlön". Busqué Tlön en el índice; no figuraba. Conservo aún el agrio placer de recordar que en la misma hora no supe si la palabra "Uqbar" designaba una región, una ciudad o una persona. Era, a mi parecer, algo notable y absurdo que una palabra tan poco familiar apareciera sin embargo en una enciclopedia: la enciclopedia, me dije, es el lugar del saber supremo; si allí se consignaba "Uqbar", Uqbar debía existir, a despecho —como luego sucederá con Tlön— de toda comprobación externa.
La referencia mendaz o incompleta me impulsó a investigar. Fui a buscar el tomo A‑G para ver si el editor o el prólogo daban alguna explicación; no hallé nada. Pasé en vano por la sala de mapas, por los anaqueles de Geografía, por los catálogos de publicaciones periódicas. Reconocí entonces, con un placer frío, que el saber de la enciclopedia tenía un margen inevitable que podía contener lo fabuloso. Como quien encuentra una flor desconocida en un herbario, me complací en seguir la pista. Gracias a un librajo porteño, que más tarde sería personaje de una memorable querella, logré conseguir un ejemplar de la edición completa de la enciclopedia. Era la Brewster de Londres, 1910, y el tomo de la T contenía la entrada "Tlön".
La entrada sobre Tlön, redactada con la seriedad y la amplificación típica de las enciclopedias, describía un extensísimo mundo imaginario, entero, y lo hacía con una minuciosidad que alternaba los datos geográficos con las consideraciones filosóficas. Afirmaba que Tlön era, en principio, un continente cuyas lenguas y civilizaciones diferían radicalmente de las nuestras. Lo que me sorprendió no fue tanto la invención en sí —las invenciones geográficas abundan— como el sutil sistema por el cual ese mundo se presentaba: el que la lengua de Tlön no conociera términos para la cosa y el pensamiento que nosotros llamamos "realidad"; que sus principios metafísicos variaran; que, por ejemplo, en muchos lugares de Tlön las concepciones eran idealistas hasta el extremo de negar la existencia independiente de la materia.
A partir de esa página se multiplicaron los detalles: mapas, documentos, apologías filosóficas, fragmentos de novelas tlonistas. Supe que la obra principal sobre Tlön era un tratado con la aparente intención de ordenar y compendiar la vasta literatura tloniana. El tratado sostenía una tesis temeraria: Tlön no era simplemente un mundo creado por la fantasía humana; era, en cierto sentido, un artefacto intelectual cuyo impulso unitario procedía de una asociación secreta de hombres. Se hablaba de "Orbis Tertius", una sociedad cuya actividad consistía en la creación gradual de un mundo completo, mediante la fabricación de documentos, mapas, diccionarios y discursos que, al circular entre eruditos y bibliotecas, producirían la ilusión de una realidad autónoma.
Los textos tlonianos, leídos con atención, mostraban una coherencia interna asombrosa. Sus gramáticas, sus léxicos y sus cosmologías concordaban entre sí; sus Ucronías y sus efemérides formaban una red que no podía ser accidental. Había además un rasgo perturbador: la insistencia en la primacía del idealismo. En muchos de sus sistemas filosóficos, los objetos eran concebidos como series temporales o como fenómenos percibidos; la noción de sustancia permanente era ilegítima. En Tlön los objetos no existían fuera del momento presente: eran, por así decirlo, verbos más que nombres.
A medida que indagué, descubrí que la empresa de Orbis Tertius tenía una historia compleja y una participación transnacional. Un grupo de eruditos europeos, a fines del siglo XIX, había iniciado la manufactura de Tlön como un experimento intelectual de demostración: si bastase la proliferación de textos para forjar una convicción, se demostraría entonces que la realidad es, en gran parte, una convención lingüística. La sociedad había creado mapas, bibliografías falsas, resúmenes críticos, y había infiltrado sus producciones en bibliotecas públicas y privadas.
El efecto de ese plan no fue inmediato. Las ficciones de Tlön permanecieron largas décadas en los márgenes del saber; pero su duplicidad eficaz comenzó a manifestarse cuando ciertos eruditos, sin saber la verdad, citaron pasajes tlonianos en trabajos académicos. La erudición, que se alimenta de citas, legitimó así lo que no existía. Llegó el día en que algunas provincias intelectuales comenzaron a considerarlas auténticas. Fue entonces cuando Orbis Tertius cambió de táctica: ya no bastaba la difusión enciclopédica; era necesario producir objetos concretos —artefactos, instrumentos, libros materiales— que confirmaran la realidad de Tlön.
No puedo precisar cuántos episodios de la operación llegaron a mi noticia personal. Los documentos que consulté estaban, en muchos casos, plagados de notas intercaladas, de alegaciones contrarias y de encendidas polémicas. Mas una cosa me quedó clara: Tlön era un laboratorio de ideas extremas sobre el lenguaje y el ser; su ambición no era la conquista política sino la conquista metafísica del mundo, persuadiendo a los hombres de que lo que creían indudable era solamente costumbre verbal y erudición mutua. Tal vez parezca esto un juego de eruditos. Sin embargo, como luego observaremos, el juego logró efectos tangibles en la realidad misma.