¡Dios mío!, Bendito sea Dios. ¡Qué silencio! ¡Qué paz! ¡Qué alegría estar otra vez en casa! Me he pasado media vida sin poder dormir en mi casa. Me obligaba a distinguir los ruidos, a superar un sobresalto, a contener el latido de mi corazón, a pensar que cualquier cosa era posible: que a lo mejor volvía. ¡Y ahora, por fin, para siempre, para siempre!, ya no volverá. ¡Absolutamente encerrado en la muerte! ¡Cuánto mejor en la tierra que en el aire! ¡Qué calorcito! ¡Qué falta hacía esto! ¡Si él supiera lo a gusto que estoy! Pero no me va a oír nunca más. ¿Para qué me sirve hablar? ¡Para quejarme, para consolarme! ¡Hombre, que estoy sola y libre como un pájaro! Y tú allí, Mario, tieso, con la cara pálida y sin esperanzas. Te acercas a mí siempre, a las cinco de la tarde, y te sientas en tu silla de orejas; te veo a través de la almohada —que es mi almohada, sólo mía— y me hablas sin hablar, con la mirada seca, con esa cara de jurisprudencia que te daba siempre miedo, y eso que eras el más bueno del mundo. ¡Ay, Mario!
Yo he cumplido mi deber. Eso es lo que me digo. He cumplido con el que se fue, con el marido que Dios me dio, con la criatura que me dio un molde de vida. Lo que pasa es que me siento cansada. ¿Por qué se han de poner los hijos así? ¿Por qué han de ser de otra manera? Si antes, cuando yo tenía la edad, se veía claro qué era bueno y qué era malo. Y ahora se confunde todo. ¿Qué voy a hacer? ¿A quién he de consultar? ¿A vosotras, las mujeres de mi escalera, que me miráis con esa compasión y me decís «pobrecita»? Pues yo no quiero compasión; quiero respeto. He sido buena, Mario; lo he sido siempre. Yo no necesito que me lo digan los de fuera; me lo digo yo a mí misma. Y si me equivoco, mejor que me equivoque honradamente. No estoy arrepentida de nada que hice por amor.
Tú te fuiste sin que te enseñara a ser caritativo, sin que te explicara la importancia de una buena comida en familia, sin que supieras apreciar una fiesta hogareña. ¡Qué bruto eres a veces, Mario! ¡Y eso que tú siempre pretendías que yo fuera de tu misma pasta! Y yo lo intenté, te juro que lo intenté. Pero hay vasos que no pueden mezclarse, hay maneras distintas de mirar la vida. Yo quería una casa con flores, con radios, con libros; y tú querías que la casa fuera un templo de disciplina, de silencio y de trabajo. Ambos teníamos razón, pero la razón —ya lo ves— no se comparte si no hay cariño. Y nosotros no supimos compartir.
Recuerdo la primera vez que te vi. Venías de una reunión del colegio donde dabas una lección que llamabas sobre la dignidad del jurista, y yo me tapé la cara con el abanico porque me daba vergüenza que me miraran. Tenías ese aire serio, esa pose un poco solemne que ahora tanto reprocho, pero que entonces me atraía. Me enamoré de tus proyectos, de tu afán por la justicia, de tu rectitud. Pensé que serías bueno conmigo, que me harías sentir importante. Y fuiste bueno, sí, pero también fuiste inflexible. No admitías broma que comprometiera tu honra. No aceptabas una tarde perdida en la terraza, ni una comida con amigos que no fuera medida. Todo debía tener su razón de ser. Y yo —yo que soy de impulsos— fui pagando con pequeñas renuncias.
Los hijos crecieron en medio de nuestras diferencias. Pilar se metió en lo suyo desde pronto: libros, jóvenes, esa vida moderna que yo no entendía. Rodolfo, por el contrario, siguió el camino de su padre: serio, aplicado, con esa cabeza que no sufre. Me daba miedo verlos separados por nosotros. Yo hablaba con Pilar y sentía que vivía en otra época; le decía que estudiar no era todo, que había que aprender a bailar, a estar con la gente, sonreír; y ella me contestaba con argumentos de psicología que no alcanzo. Después vinieron las disputas de la casa, las cenas frías, los silencios que no se rompen. ¿Quién ha de decir «basta»? Yo, quizá. Pero ya era tarde.
Hay cosas que he perdonado y cosas que no. No niego que me apoyaste cuando más te necesitaba: aquella época de mis problemas de salud, cuando nadie quiso contratarme y tú me echaste la mano sin preguntar. Pero también me devolviste con desprecios cuando yo pedí una complicidad que no supiste darme. ¿Qué esperaba yo? No lo sé. Tal vez que me miraras como al principio, con aquella ternura de novios. Pero no; con el tiempo te fuiste poniendo más rígido, más orgulloso. Y yo me sentí sola dentro de la casa que tú mandabas. ¡Qué ironía! Echar en cara las cosas después de tanto compartir.
Ahora que te has ido pienso en la gente que nos rodea. Las buenas o malas influencias, las visitas, las condolencias fingidas… ¡qué teatro! Todos vienen a decirnos lo que se debe decir. Me llaman por teléfono, vienen con ramos, ¡pero nadie pregunta de verdad! Ni una palabra que toque el fondo. Parece que a todos les importa más la comitiva que el muerto. Y yo lo entiendo: la muerte incomoda. Cambia los papeles. Pero yo no quiero papeles: quiero recuerdos. Quiero hablar contigo y decirte lo que no te dije en vida. Porque hay tanto por aclarar… Ojalá Dios me permita estas horas para ordenar la memoria.
Al principio pensé en vender la casa. No sé. La idea de mover las cosas, de cambiar los muebles, me daba pánico. Aquí hay tantas huellas tuyas: la silla, tu reloj, los libros con tus notas. ¿Cómo desprenderse? Y sin embargo debo decidir. Los hijos hablaron de partidas, de futuros. Rodolfo dijo: «Mamá, la casa es un peso». Pilar se calló. ¿Qué quiere ella? Ni lo sé ya. Yo sola, en la tarde, siento que cada objeto me mira y me pregunta por qué. Y yo les respondo con frases hechas, con excusas. Pero por dentro siento que necesito estar donde los recuerdos me abracen.
No te guardo odio, Mario. No hay suficiente odio para lo que a veces hacen los hombres. Lo que siento es un cansancio de amor. Amor que se cansó de no ser correspondido plenamente. Y eso duele. Duele más que los insultos, que las discusiones. Duele porque uno sigue creyendo en la bondad del otro y descubre que no hay lugar para el calor. Aun así, sigo pensando en tus buenas acciones, en tus silencios protectores, en aquella vez que me trajiste flores sin motivo. Son esos momentos los que ahora me tormentan y me consuelan.
He vivido conforme a las costumbres de mi tiempo. No sé si he sido moderna o atrasada. Me reprochan por no haber entendido ciertas cosas de los jóvenes; me reprochan por haber defendido ciertos valores. Pero yo no puedo desdecirme. Sería como traicionarme a mí misma. Y si he sido rígida en alguna ocasión fue porque entendí que el mundo tenía límites que había que mantener. Hoy todo es relativo; todo está en preguntas. Yo me mantuve en respuestas. Tal vez por eso chocamos siempre.
No sé cuánto tiempo me dejará la vida para seguir hablando contigo. Me siento liberada y a la vez vacía. Hablar es mi forma de acompañarte; pensar en lo que hicimos y en lo que no hicimos es mi penitencia y mi alivio. Cuando acabe esta tarde guardaré silencio y te dejaré en paz, Mario. Pero antes quería decirte que te perdono, que te quiero, que te culpo, y que, sobre todo, te extraño. Que si vuelvo a equivocarme, que sea con la misma voluntad de amar.