Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
Mi madre me lo dijo. —Vete a Comala —me dijo—, a ver a ese tal Pedro Páramo. Y yo le juré que vendría.
No le dije que tenía miedo de torear sombras ni a los muertos; no le dije que me llamara Juan Preciado; le dije que iría a hablar con Pedro Páramo y que le pediría lo que ella quería: que lo llamara, que lo buscara, que lo hiciera volver a la casa, que le hablara.
Ella me dijo: —No te tardes. Y yo no me tardé; me vine pronto; vine en cuanto pude; vine con los pies llenos de polvo y con el corazón hecho pedazos.
Comala... Yo no sabía lo que era Comala hasta que entré. Nada había de verde; todo era de polvo y el calor hacía olvidar las cosas. Caminé por la trocha del arroyo seco y, al pasar junto a la casa de la tía Eduviges, vi que el portal estaba deshecho y que la silla de moler estaba quebrada.
Pregunté por mi padre. Nadie me contestó. Un hombre me miró y dijo: —¿Qué quiere? —Que me diga dónde está Pedro Páramo. —¿Usted es suyo? —No, señor. —Entonces vaya a pedirle a otro.
Seguí adelante. Las voces de la gente se me pegaban en la memoria como si fuesen fotos viejas. La plaza estaba llena de piedras y de escombros; una iglesia que había tenido campana la tenía rota; el reloj del pueblo se había detenido hacía años. Me senté en la escalera de una casa y alguien me dijo: —¿A quién busca? —A Pedro Páramo. —No viene nadie ya. —¿Y usted sabe dónde vive? —Vive en una casa grande; pero está muerto.