Después que me hube aderezado un poco y mi madre hubo platicado conmigo la ocasión y el modo de mi quehacer, la víspera que yo debía de salir me alhajó como pudo; y por decir verdad, no me dieron las ganas que he de decir. No me quitaron el hábito al que me habían entregado el día que yo nací, que fue un sayal de borras y una suerte de barretina, y esto me holió porque a todos los que había menester, que era a mi padre y a mi madre, me los pusieron aquellos vestidos, y así me fueron entendiendo por su lazarillo, y no por otro oficio.
Mi madre me dio de su menuda hacienda un buen soma de comida y una capa vieja que valía lo poco que el clérigo me daba, y así, con muchas lágrimas y muchos santos, me dexó mi pobre madre. Fue el clérigo un hombre muy seco y de pocos bienes; no le aprovechó gran cosa tener oficio, porque vivía como más por honra que por sustento, y así andaba con muchas prendas para parecer de más estimación que no era.
Era este clérigo tan avaro que mejor le venía el apodo de rapiña que de pastor; no le daba nada a nadie, y a mí me tenía de un orejón a otro, con poco pan y con grandes trabajos. No se acordaba de lo que debía dar a quien le servía, y las pocas veces que me daba, siempre era mal y con desdén; pero aún así, me parecía bien que no me dejase por muerto, porque con poco tenía que comer y dormir.
Yo, que entonces era mozo y no sabía lidiar la avaricia de mi amo, le obedecía en todo y no dejaba de hacer cuanto me mandaba, fuera bueno o malo. Me mandaba que le guardase las llaves de la iglesia y del arca, donde estaba lo que los fieles echaban; y yo, que no entendía, tomaba gran reverencia a aquéllas, porque así lo quería mi amo, que siempre decía: 'Guarda, Lázaro, que de ti dependerá mi limpieza'.
Mas yo, con mi poco ingenio, no entendía que aquello era todo aprovechamiento del clérigo, que no tenía intención de gastar para su sustento lo mucho o poco que había; y así, muchas veces me vi en gran hambre, porque el clérigo no me daba más que lo preciso para que no muriese. Los días que no había reunión de limosnas, me tenía yerma la boca y el estómago vacio, y muchas noches me acostaba sin cenar.
Pasamos luego por muchas estrecheces, que si no fuera la maña que Dios me dio y el mucho cuidado que tenía para aprovechar mi poco saber, no sé en qué remataría; pero viendo que el clérigo todo lo guardaba y que la mesa estaba limpia de cuanto era menester, resolví muchas veces de tomar algún remedio para mis necesidades, sin daño de mi amo, que siempre le tuve por dueño y señor de mi vida.
Comencé, pues, a tomar por la tarde algún pedazo de pan que hallaba en el arca; y otras veces, con la maña de mis manos, sacaba de las ollas algo que el clérigo guardaba. Hacíalo con tanta discreción, que ni él ni otros se daban de ello; y si alguna vez se perdía algo de lo que el clérigo tenía, él lo atribuyó a la mala costumbre de los pobres que solían robar, y no sospechó de mí.
A pesar de esto, mi amo era tan duro que, aunque yo hiciese el bien en lo que podía, nunca tenía condescendencia conmigo; y así, viendo su trato y mi necesidad, me fui haciendo más avisado y cuantas cosas veía que servían para vivir, las procuraba con gran cuidado. Aprendí a coger las oportunidades y a usar de ellas para mi provecho, sin que quedase maldad grande en ello, porque siempre miraba de no perjudicar a mi amo que me tenía por indispensable.
De esta suerte pasé mucho tiempo con el clérigo, con pocos bienes y muchas privaciones; y aunque en consejo de prudencia yo debía haber salido de su servicio, la costumbre me tenía adherido a él, y la falta de recurso me detuvo. Finalmente, la necesidad y los ruegos de mi madre me movieron a no desampararla, porque ella, aunque pobre, nunca me dejó de contar entre sus esperanzas.