En esto, descubrieron treinta o poco más siniestros gigantes, que por allí había, y que harán de ellos cuanto don Quijote había pensado; y ántole no fuera cosa que hubiese de ser presa de su atrevimiento, sino bien podría aguantar las mondas y los disparates del mundo. Los vio don Quijote con los que se le parecían, aunque al buen caballero, que había menester de estos pensamientos, ya se le habían puesto de veras todos aquellos visos que su fantasía iba pintando; y sin hacer caso de la voz que Sancho dio de que eran molinos de viento, y no gigantes, le respondió: "La libertad, y las andanzas, y cuantas otras cosas quisieron, por cuanto me cubren los ojos cuando me veo y me creo que hago bien y que voy con razón; mas así serán, y despues veréis".
Y apenas hubo dado palabra cuando se alzó con tan gran brío y saeta, y fue de suyo, que ninguno le pudo detener; y manda a Sancho que le abrazase mejor a Rocinante que al furoral de su ánimo que le impelía; y a los blancos molinos se fue dando aliento, y así llegó masendado con las armas, que no le parecieron tales sino unos sacos que había de abajar; y alargando la lanza, y enderezando la cara, dijo con voz manda y segura: "Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que yo soy don Quijote de la Mancha, hijo de mi casa, y afronto por doquier el peligro."
Y como llegaba determinado al punto, empezó a dar de sí tan recia y fuerte que le halló la rueda y las aspas del molino, y dichas fueron las aspas a enredar y partir en torno y en el aire, y el buen caballero fue levantado de su caballo y arrojado en el suelo de tan pésima manera que, ¡salta la gloria de su aventura!, quedó los ojos y la boca llenos de polvo y de tierra; y Sancho, que le seguía, viniendo y corriendo le dice con voz trémula: "¿Qué ha sido eso? ¿qué has hecho, señor? Mira que eran molinos de viento".
Don Quijote, con estar maltratado, se levantó, y incorporándose, dijo: "Censurome haber sido ofendido por magia y encantamiento; porque aunque he quedado desacertado y fracturado, no lo atribuyo a habilidad humana, sino a aquellos encantadores que tienen por oficio desbaratar las hazañas de los caballeros andantes. Bien lo puédese ver cualquiera que entienda de estas cosas."
Sancho, que solo veía los efectos y no oyó razones, le respondió con miedo y con pena: "Señor, que no habían de tener manos, ni brazos, sino aspas largas, que yo mesmo vi girar y no manos que pegasen palos. Y si bien me acuerdo, no eran gigantes, sino molinos con aspas, y si supiera de eso, te hubiese dado voces."
Don Quijote, que no quería creer por conveniencias del ánimo, dijo: "Calla, Sancho, y guarda silencio; que los encantadores pueden tornar las cosas en otras formas, y así lo han de haber hecho con aquellos gigantes: que ellos no los dejan permanecer en su estado natural, antes los mudan en molinos, en peñas, en cualquier otra cosa que parezca haber más sosiego."
Finalmente, puesto que la aventura le dejaba dolorido, mandó a Sancho que le ayudase a levantar; y Sancho le puso en el rucio, y con gran trabajo le llevaron a la venta más próxima, donde fue curado y remendado, y luego se arrepintió y se volvió a su casa con el ánimo sin destinatario, aunque no sin empeños de tornar a nuevas empresas.