El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Segunda parte

Miguel de Cervantes Saavedra

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En esto, alzó la cabeza don Quijote, y viendo que de lejos venía hacia ellos una cuadrilla de gentes, echó mano a la brida, y volviéndose a Sancho, le dijo: —Sosiega, amigo; y mira que no me digas aquí palabra de que no vayamos a pelear con las compañías, porque, si no, no se me asiente la aventura en la imaginación. —Díjole Sancho: —No faltaba más, señor; yo soy vuestro escudero, y con mucha voluntad me voy donde vos quisiereis; pero ved que no vaya yo a perder la vida en cosa que no es causa de grande caballería. —Calló don Quijote, y aguardó a ver lo que sería de aquello.

Iban ya aquellas compañías tan cerca, que se veían las caras, y eran gente de buen parecer, todos con sus armas, y algunos con lanzas.

Algunos de los que con ellos venían, viendo a don Quijote y a Sancho, y con qué extraña disposición estaban los unos y los otros, tornaron la cara, y con voces de burla y risa, dijeron: —Mirad aquí, señores, aquí ha de haber broma.—Y, comenzando a encaminarse hacia ellos, uno de los de la compañía, que decía ser caballero andante, con cien rapazas y mocedad que le seguían, se adelantó, y preguntó a don Quijote quién era, y de qué nación.

Respondió don Quijote con voz serena: —Soy vecino de la Mancha, y mi nombre don Quijote de la Mancha; y vengo armado caballero andante, no buscando sangre ni desorden, sino deshacer agravio y amparar a los menesterosos.—El otro, que se tenía por más valiente por la multitud que traía, respondió: —Pues, puesto que así es, sabed, señor don Quijote, que yo soy caballero andante también, y vengo a buscar honra y victoria; y si vos sois quien decís, yo os desafío a justa y a singular combate.—

Don Quijote, que ya no podía contener el deseo que tenía de hazañas, respondió: —Acepto vuestro desafío, y prometo que os haré ver lo que es valentía y honor.—Dieron priesa a aposentar las lanzas, y al cabo de poco vino gente que les arrimó los animales, y hicieron juramento los contendientes de guardar la ley de armas.

Comenzó el campo, y se vieron lanzadas y golpes; mas aquella gente que había de la compañía, que no era caballeros sino mozos de armas y hombres de probar, irían por tres a uno, y cobraban con tan mala intención que dieron en el caballo de don Quijote tan terrible coz, que le derribó de un salto; que, por ventura, si no llega a ser que Sancho presuroso y otras gentes le rescataron, la ocasión de la muerte se le ofreciera. —Mas la voluntad de mi señor no era morir, sino vencer; y puesto que el caballo había caído, y su cuerpo estaba en el suelo, se levantó con esfuerzo y prometió no dejar la batalla hasta que la muerte le diese paga.

Sancho, viendo aquello, se puso a llorar y a implorar por la vida de su señor; y, entre tanto, los demás caballeros y sus escuderos se batían, y algunos herían a sanos y a desvalidos, sin mucha razón ni orden; y, por rematar presto aquel desorden, se armó entre los de la compañía un grande escándalo, y hasta golpes de pan y piedras dieron en medio de la riña.

Alguno que otro caballero, que iba con más juicio, trató de poner término y orden en la pelea; y, poniéndose en medio, dijo: —Deteneos, señores; que esta no es manera de pelear entre caballeros, sino de bárbaros y turbas.—Y, con estas palabras, apaciguaron parte del tumulto; y don Quijote, que aunque maltrecho tenía todavía fuerzas, se recogió y sostuvo en pie, y juró que no habría descanso para él mientras no supiese quién le había hecho tal afrenta.