El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha — Segunda parte, capítulo X

Miguel de Cervantes Saavedra

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Aquel día en que don Quijote iba triste y meditabundo y Sancho iba a su lado, vieron venir por una parte del campo mucha gente, iba de a pie y otra a caballo, y en medio dellos venía un personaje ataviado de una manera bien extraña, que parecía ser de los que se llaman duentes, con unas barbas en el rostro, que eran de hierbas secas, y unas calzas hechas de un pellejo de cabra, y por armas unas ocarinas, que son unas flautas de caña; y venían cantando y mugiendo y haciendo otros ruidos, que atinaban a ser voces de pastorales y de regocijos.

Don Quijote, que entendió luego que aquello era tropa de pastores y gente de campo, se puso en ánimo como suele ponerse el trovero; y les mandó a Sancho que se apretase, y que aligerase la rueda de Rocinante, y luego vino a ponerse delante de la gente, y, levantando los ojos al que iba vestido de aquella manera, le dijo: —Yo te conjuro, por las sagradas armas que uso, que me digas quién eres y qué vas procurando con aquella vana y ridícula traza.—

El pastor, que así parecía, respondió a don Quijote en buen estilo, y con voz regalada: —Yo soy, señor caballero, pastor de estas sierras, y vengo con mi tropa a gozar las fiestas de la Pascua; y el traje que traigo es de costumbre en estos términos: de hierba seca son las barbas, para que la lluvia no me haga daño, y el pellejo de cabra para que mi cuerpo se tenga templado; y si mis ocarinas hacen ruido, no le doy otro nombre sino que hace música mi oficio.—

Don Quijote, que en sustancia no dejaba de ver en ello materia digno de su fantasía, dijo: —Bien sabéis, hermano, que donde hay ruidos y voces de gozo hay presente la libertad de los corazones; y yo, que voy en busca de aventuras y de deshacer agravios, prometo a vuesa merced que vuestra fiesta será segura y sin agravio alguno, si me dais a entender quién es el que manda.—

El pastor, riendo, dijo: —El que manda de esta compañía soy yo por juramento, y tengo por capitán a un cabrero llamado Ginésillo, que está a la cabeza; y si vuestra merced quiere mandar, que se reciba vuestro buen parecer; pero a saber, aquí todos somos libres, y no sujetamos a otro señor que a la devoción del campo y al bien hacer.—

Sancho Panza, que no dejó de enderezar la palabra en su manera, dijo baja y discretamente: —Señores pastores, sepades que mi amo es caballero andante y tiene por oficio deshacer agravios y socorrer a los menesterosos; y si hubiese aquí algún que otro agravio, él sería buen señor para averiguarlo.—

A lo cual uno de los pastores respondió: —No sepa vuestra merced que por aquí se acostumbra a pelear poco; que si acaso hubiese algún agravio entre nosotros, lo hemos de tener por corto y usar de palabras; y si acaso fuese cosa de rencillas por pastos o por mujeres, no hay otro remedio sino el buen parecer y el consejo común.—

Mientras se decían estas cosas, llegó otro pastor diciendo que habían visto no lejos de allí un yelmo que podía ser el famoso yelmo de Mambrino, y que los muchachos andaban en busca dél; y esto puso en movimiento la curiosidad de don Quijote, que ya de lejos determinó que era ocasión propia para ensayar su valor y sus descubrimientos; y diciendo: —Si verdaderamente estuviere el yelmo, yo prometo quitárselo a quien lo tuviere y darle la honra que merece—, se llegó hacia donde le dijeron que estaba.