En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.
Los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que pasaba las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio.
Y de tal modo sus rentas estaban consumidas, y gastados sus muebles, y quebrantada su hacienda, que vino a perder el juicio.
Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas fortalezas, de aquellos descomunales gigantes, de aquellos extraños nombres, de aquellos ríos y puentes, de aquellos palacios y aposentos, que para él no había otra historia en el mundo.
Por esta antojada imaginación llegó a creer que debía de hacerse caballero andante, y que convenía irse por el mundo con sus armas y caballo a buscar aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que había leído, deshaciendo agravios, considerando a damas, haciendo justicia y privilegios que a todos se ajustaban.
Determinó, pues, hacerse caballero andante, y tomar nombre, y buscar armas; y haciéndose con gran trabajo un adarga vieja, y requiriendo a su rocín flaco, que por nombre le puso Rocinante, salió una mañana de su aldea con un viejo bastón, que él tomaba por lanza, buscando empresas y aventuras.