La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Tratado II

Anonimo (tradicionalmente atribuido a autor desconocido)

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Aquel sacerdote, que dice mi amo, era persona que estaba en la voz pública de ser muy tacaño; no negaban que ganase muy poco, y aún que éste era pobre, y que lo poco que tenía lo gastaba en obras pías, y en favour de su casa, y aún para aumentar su renta; pero había entre la gente una fama que decir, cuando el señor cura venía a beber a la taberna, que aquello era un ejercicio de limosna: ya sabes cuán a propósito eran estas habladurías a encender la codicia de muchacho, y esto me causó mucha necesidad.

El caso fue que con todo su vivir estrecho yo nunca le vi dar limosna a nadie, ni a casa, ni a persona, a no ser por su propia conveniencia: por muchas maneras y por assidua observación yo fui aprendiendo que mi señor siempre so color de fumigar y de guardar la casa, iba arrimando por su manga los panes y las tajadas que a otros dejaban, y así, con el tiempo, ya me creo que era de veras muy avaro.

Todos los días había en casa poco para la comida, y a mí no me daban otras tortas sino las que quedaban por las manos del criado; de modo que, estando una vez que me hallé a la hora de cenar sin nada en la mano, vi un poco de carne en el candil, cerca de donde él solía comer; la codicia me pudo, y tomándola por la punta, me la llevé al rincón, al modo que hacen los niños: mas cuando la iba a hincar, sentí que me la quitaban y que era mi señor, el cual, habiéndome conocido, me dijo en mal modo: "¿Qué haces ahí, y qué te llevas?" Dije que había sido por hambre; respondió que yo era un ladrón y que me había de castigar si no le decía la verdad.

Yo, por no perder el favor ni el sustento, le juré que decía verdad y que había sido la necesidad; mas él, que era poco dado a creder palabras, me mandó que le dijese si yo comía alguna vez aquello que él dejaba: yo, con gran miedo, le dije que no, ni había menester decir más. Replicó que si de allí adelante me hallase algo en mi poder, me lo había de llevar para que él lo viese y lo diese a quien leyere; que no confiaba en mí, como ninguno en quien gastar mucho, porque era reo de gran desconfianza.

Esto fue causa que yo pagase por mayordomo la falta del corazón; porque me atrevía a hazer más bien por cubrir mi necesidad que por despejar su sospecha. Bien sé yo que muchas veces, cuando él había salido a confesar algún vecino y traía consigo alguna pieza de pan o algo embiado por su hacienda, él mismo la ponía debajo de un paño y llamábame y me decía: "Lázaro, hila dentro de la alforja y toma esto; llévalo a la puerta y dalo a tal persona." Pero yo, que conocía su costumbre, me iba a la cama y me guardaba de tocar aquellos bienes.

No obstante, porque no me holgase de lo que le quitaban della fuera, me hacía compasión ver cómo mendigaba y cómo pasaba necesidad; y un día, aprovechando que le ví de noche fuera del altar, pensando que no me veía, tomé la llave de la arca donde él guardaba el pan, y saqué un trozo chico que en mis manos parecía grande; mas la oscuridad me engañó, y estando yo en esta necesidad, aparecióme en la puerta: él, con voz dura, me dijo: "¿Qué traes ahí, mal nacido?" Respondí que no había sino un pedazo de pan que cogí para mi necesidad; me dio un azote en la espalda y me echó de su casa, diciéndome que me iba a dejar sin comer y sin vestido.

Fuéme causa tanta aflicción el perder mi comida y mi cama, que, sin más, me fui a dormir a la calle con gran pena; mas al otro día, porque la necesidad no consiente dejar hombre, torné a la puerta de su casa, rogándole que me recibiese; él me miró y dijo: "Vete, que soy hombre de mucha confianza y no te puedo tener conmigo; no quiero que me roben por tu culpa." Yo, con lágrimas en los ojos, le rogué que me diese si no pan, al menos un catre donde dormir; respondiome que eso me hubiese él dado antes, mas que ahora no podía para servir de buen ejemplo.

Y así, harto de pasar hambre y frío, y sin saber adónde ir, tomé a camino la ciudad y me vine a la posada de un clérigo amigo de mi patrón; allí hallé algunos mendigos que me enseñaron a tener cuydado con mi persona, y a no pedir más que lo que parecía saber vender; con ello me fui a procurar trabajo, y al fin hallé a un escudero que me tomó por mozo; pero ésta es otra historia que cuento en su lugar.