La vida es sueño. Acto I (monólogo de Segismundo)

Pedro Calderón de la Barca

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¡Qué inquieta la sentada cabeza! ¡Qué veloz los pies! ¿A qué aspira el cuerpo? ¿A qué se atreve el pensamiento? ¿Qué ardiente inspiración, qué furor, qué desvelo me enciende? ¡Oh vida! ¡Oh costumbre! ¡Oh ocasión! ¡Oh pujante voluntad! ¡Infelice de mí, que nací para amar y no para ser amado, para sufrir y no para gozar! ¿Qué tengo yo que me aconseja la razón? ¿Qué tengo yo que se me puede llamar persona? ¿Qué soy sino enemigos confusos de mis hábitos, de mis afectos y de mi memoria?

Pedir perdón a quien ofendí, querer remediar donde no hallo remedio, acordarme de lo que ya no tiene remedio, acudir donde no hay dueño que me acuda, desear lo que no se puede desear, todo es añagaza de mi desventurada voluntad. ¡Ah miserable de mí, que a dos extremos estoy sujeto, al bien y al mal; y en el intento de evitar el uno, cae en mí el otro!

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice! ¡Apurar, cielos, pretendo, ya que me dais de qué quejarme! Si me sentí grande y poderoso, ¿qué más me falta? Si me sentí amante, ¿qué más? Si fui feliz en mi fantasía, ¿a qué me sirve que lo fuera? ¡Mira cuán breve paso del alto honor a la vil miseria!

Si del efecto conozco la causa, de las causas la memoria me queda; y si de mi desventura retiro ejemplo, hallo nuevo lugar para mi pesar. Pues si mis pensamientos son cadenas, ¿quién me las ha de romper? Si el sueño de mi gloria fue falsedad, ¿qué esperanzas me quedan?

Mas, ¿qué es el vivir sino un continuo padecer? ¿y qué es el morir sino acabar de padecer? Ya que vivir es sufrir, decidiré vivir poco; mas como la vida, aunque breve, está llena de sucesos, y en un momento puede sufrir mucha fortuna, no me afrenta el padecer una parte, ni deja de ser pesada la otra.

¡Oh sueño altivo, que, fingiendo grandeza, me has unido de falsas esperanzas! ¿Quién me redimirá de tal dolor? ¿Quién dará luz a mis ojos? ¿Quién quitará la venda de mi pecho? ¡Que yo me vi en soberbia esfera! ¡Que me creí señor de mí mismo! ¡Que juré ser eterno!

Mas si la vida es sueño, y los sueños, sueños son, ¿por qué me admira tanto la sombra de una gloria que se me ofreció? ¿Por qué me duele tanto la pérdida de lo que fue sólo sueño? ¿Por qué temo el juicio, si acaso ello no es sino paso de breve vanidad?

No hay cosa segura, ni persona firme; todo se altera, todo se turba, todo se muda. Las grandezas, cual nubes, suben y deshacen; las fortunas, cual arenas, se deslizan y desaparecen. En mí no hallo asiento ni descanso; mi espíritu es tempestad que a sí misma se pelea.

Pues si la vida es sueño, ¿por qué me habré de aferrar a ella? Pues si los sueños son engaños, ¿por qué habré de creérmelos? Pues si la memoria me trae las vanidades pasadas, ¿por qué no rehúso el plañir por lo que ya fue?

En fin, he de medir mi contento con la verdad: que siendo sueño cuanto se me ofreció, no será delito que me despierte, ni será locura que no suspire. Y así, viviendo seré prudente, y conmigo seré severo; pues lo pasado no ha de ser mi dueño, ni lo que espero ha de ser mi amo.