DON JUAN. Señor, entiendo que aquí no tendrá vuestras mercedes más concierto: el caso es así; nosotros venimos a Sevilla a ver al duque, y los tres, que somos de buena condición, tenemos ánimo de tomar puerta para celebrar la noche, y en nuestra compañía va un escudero que me ha hecho promesa, y queremos se nos haya por un gran servicio el que nos allane el camino a la duquesa. FALLA. Señor, no es facilidad pequeña que ustedes pidan, que es gran hombría la de la duquesa, y de ella no es nombre el que reciban favores; pero haré lo que pudiera, y si ella dijere que sí, yo os lo diré. DON JUAN. Trujo Dios que me avisase la gracia de ver a tan gran señora; y si la puedo ver, bastará que yo viva de ella.
DON GONZALO. Bien está, hijo, que así lo quieras; pero mira que la fama de la casa está en honra de don Diego, y no consiente la duquesa que se entre a su presencia sino con mucha decencia. DON JUAN. Bien puede estar en honra la casa si la persona lo consiente; pero la decencia está en el modo, y el modo con vos hará todo el caso. DON GONZALO. Dile a tu amigo, que es don Juan, que se atenga a la cortesía que conviene; que aquí no se ha de hacer ofensa a nadie.
DON JUAN. Bien está. (Aparte.) Bien sé yo la cortesía que conviene en tal ocasión. FALSA PIEDRA. ¿Qué hay allí? DON JUAN. Es un ruego que yo hago. FALSA PIEDRA. Pues si tú lo supieres, no lo dijeses; que la gente de este mundo es curiosa. DON GONZALO. Callad, que la señora entra. DUQUESA. Señor, la que os llama es la duquesa. DON JUAN. (Aparte.) Bien está que nos venga a ver la señora; y si ella fuere tan buena como se dice, yo prometo que la honraré y la serviré.
DUQUESA. Señores, Dios os dé salud. DON JUAN. Salud, señora; y yo, por parte de los que con mí vienen, os doy muchas gracias por la merced que nos hacéis. DUQUESA. Sois bien venidos a mi casa; pero sabed que mis ocasiones no son de diversión; que traigo en el alma gran pesar, y no sé si os lo podré decir. DON JUAN. Nuestra condición es de mucha paciencia, señora; y si nos queréis hacer partícipes de vuestro dolor, no será peso que nos pese.
DUQUESA. Pues sabed que mi marido, don Pedro, ha dado fin a su vida con un enojo que tuvo; y la causa es un agravio que él imaginó; y aunque el tiempo lo disipase, mi pena no se acaba. DON JUAN. Qué nuevo es esto; ¿y el duque está ausente? DUQUESA. Sí; y veo que la honra queda en el mundo sin remedio. DON JUAN. Señora, si vais en pena, yo os suplico que me queráis oír.
DON GONZALO. Señor, no es lugar de hablar de estas cosas; pero el caso es grave, y conviene que se haga lo que a la honra alcanza. DON JUAN. Yo prometo poner de mi parte quanto fuere necesario; que no hay cosa que a mí me dé más gusto que ayudar a las damas en apuros. DUQUESA. Señores, vuestra bondad se ha mostrado; y si alguno sabe el remedio, yo os lo agradeceré. DON JUAN. Señora, yo diré la verdad; y si a vos no os disgustare, procuraré carrera para su desventura.
FALLA. Señor, ¿queréis que descienda a buscar al duque? DON JUAN. No; no queremos que se dé publicidad, sino que en secreto se haga lo que convenga. FALLA. Procederé a ello; y vos, señor, que sois amigo de las cortes, sabréis hacer que la duquesa esté en la mayor confianza. DON JUAN. Sí; y yo le diré lo que conviene. (Aparte.) Si la ocasión favorece, haré un progreso de cortesía por más de un designio.