El licenciado Vidriera

Miguel de Cervantes Saavedra

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En Salamanca había, cerca de la universidad, una casa honrada y bien mantenida, en que vivía un joven de buen entender y disposición, que su padre, hombre de bien y de hacienda, había criado y adiestrado con el mayor cuidado, para que estudiase y llegase a cosas de provecho.

Este joven, llamado Tomás Rodaja, mostró desde niño buena memoria y poco amor a juegos, mayor inclinación a letras, y deseo de aprovechamiento; de suerte que su padre, viendo que él quería estudiar y que en ello ponía gusto, le dio para la Universidad lo que le pareció bastante, y le despidió con muy buenas cartas de recomendación.

Entró Tomás en Salamanca con deseos de aprender, y no con ganas de holgar; y, aunque a pocos placeres fue más apto, a las disciplinas de la escuela se sujetó con mucha priesa y diligencia. Paulatinamente fue ganando nombre por su aplicación y por la moderación de sus costumbres.

Acabó sus estudios con tanta reputación, que no solo mereció el grado de licenciado por su competencia, sino que, por razón de su cordura y habla discreta, le dio el título y nombre de licenciado. Era de figura aguda y de ingenio dispuesto, de rostro agradable y de buen talle; de suerte que, con su discreción y su buen parecer, a muchos pareció que no tenía inconveniente para prosperar en la vida.

Mas la fortuna es mudable, y después de no poco tiempo aconteció al buen Tomás un mal suceso que le cambió la vida; pues, viniendo de la corte cierto día a Salamanca, dio en manos de unos hombres que le llevaron con tanto desatino, que le aplicaron un filtro y le causaron grandes extravíos de juicio.

Comenzó desde entonces a tener un amor rarísimo a lo vano y ligero; parecía que todo lo tomaba a risa, y en lugar de hablar como hombre de estudio, se puso a decir cosas que, aunque chistosas, eran de mucho menosprecio. Mas lo que más admiraba a cuantos le oían, era que tenía tan grande afectación de ser de vidrio, que decía en público que su cuerpo era todo de vidrio, y que, por esto, había de guardarse con mucha cautela para no romperse.

La gente, maravillada de tanta extrañeza, le llamaba el Licenciado Vidriera, y él gustaba del nombre; porque, aunque sabía que estaba loco, no dejaba de hacer burla de su locura, y con ingeniosas sentencias y dichos glosaba aquel mal que tenía. Sus frases eran de agudeza y de curiosa observación, aunque siempre venidas de aquel supuesto fragilidad.

Andando así por la ciudad, nadie dejaba de oírle; y cuando entraba en alguna plaza o en alguna tienda, se juntaban los públicos, y cada cual traía su pregunta, para ver qué respuesta daría el licenciado. Respondía con tal viveza, que, aunque se decía loco, su juicio tenía muchas luces; y así muchos acudían a él para oír sus entretenimientos y sus breves sentencias.

Entre tanto, por no dejar de ser hombre entre hombres, procuróse algún remedio a su enfermedad, y le llevaron a varias curaciones; mas no se consiguió otra cosa que conservarle la vida y no remediar el desvarío. Pasó el tiempo, yendo de casa en casa y de plaza en plaza, oyendo y diciendo, y entreteniendo a cuantas gentes se le acercaban.

Al cabo de algunos años, quando ya la fama del Licenciado Vidriera había rodado por muchas partes, vino a la corte un caballero que conocía al padre del joven, y, sabiendo la aflicción que tenía por la pérdida de su hijo, le dijo que le llevara a ver si por allá le hallaba con algún alivio; y accedió el padre con gusto, esperando algún mejoramiento.

Fueron por fin a la corte, y bien poco tiempo después de llegar, sucedió que por medio de médicos, con diligente cuidado, y con el cambio de aire y de vida, se fue aclarando la razón del joven. Empezó a recordar las antiguas costumbres, y a sentir vergüenza de su pasada insolencia; y en breve tiempo quedó tan sobrio y sensato, que más parecía cosa de milagro que de medicina tan común.

Al volver a Salamanca, ya recuperado el juicio, y sabiendo la mucha burla y escándalo que había causado su locura, tuvo tanto sentimiento de su pasada vanidad, que, apartándose de la compañía de chusma, y poniendo su vida en buena disposición, se entregó a obras de provecho y de honra, procurando remedar los daños que con sus palabras había hecho.

De este caso tomó gente enseñanza, y muchos se miraron de no dejarse llevar de la ligereza de la fama; y la memoria del Licenciado Vidriera quedó en Salamanca por largo tiempo, para ejemplar de que aun de los disparates puede nacer instrucción, y que la razón, cuando vuelve, deja paso a la prudencia y al recato.