La vida y hechos de don Mateo Alemán, gentiluomo español: Guzmán de Alfarache. Primera parte

Mateo Alemán

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Hízoseme comprender, oyendo la cagarrona que se armaba entre los convidados, que me habían de sacar a compassión, y a mucha vergüenza; no porque yo hubiese hecho nada, ni por lo que me podían hacer, sino porque daba por cierto que todos habrían de hablar de mí y de mis trastes; que hay en los corazones humanos un perpetuo deseo de mirar las cosas ajenas por si alguna les pudiese servir de escándalo, y a mí me parecía que si no se me daba lugar a defender, dijeron tantas y tales cosas de mí que me pusieron en trance de perder la buena opinión que tenía de mí mismo.

Acabose a poco la función del convite; y entonces, sin que se retardase palabra, comenzó don Pero, que era un tal caballero de las letras, y de campañas, a comentar mi fortuna, diciendo que yo me había acordado de quitarme la vida: que la muerte y la vergüenza estaban juntas; que en mi casa había grandes desórdenes; y que, en fin, yo era una especie de desalabrado, y de malcriado, que no quería vivir conforme a la memoria de mi linaje.

Apenas acabó la plática, cuando la señora supe hizo discurso de mí con tanta acrimonia que me dejó en menosprecio universal; y acabó con decir que yo era reo de atrevimiento y de perdida de bienes, y que más valía que me fuese.—No digo lo que dijeron los demás, porque hicieron como las esposas que no callan maldad que tienen en la lengua; y porque, siendo muchachos y pendencieros, se atrevieron a hablar de mí con lenguaje de pena, como si yo fuese un autor de deudas y de desorden.

En aquella ocasión me junté con un muchacho mozo que había sido compañero mío en las primeras juegos de la niñez; y aunque venía descontento y con mal modo de mí, por la suerte que me había venido a suceder, me dio a entender que tenía compasión de mi estado, y que, si yo quería, me haría algunos socorros para salir de aquella necesidad.—Yo, que era entonces descastado, y de poca consideración del bien y mal, estimé más la insinuación de aquel mozo que su verdad; y tomé de él la mano con promesa de seguirle en lo que él me mandase.

Nos salimos fuera de la casa, y anduvimos por calles juntas, discurriendo entre nosotros las causas de mi ruina; y él me dijo que, para reparar los daños que me oprimían, era menester que yo me diera a algunos oficios útiles; que la razón del mundo no se debía perder por un lance, y que la mejor manera era disimular y obedecer a las ocasiones.

Si la dicha que me nacía aquella noche me hubiese enseñado a pensar con acierto, habría yo mudado mi vida; mas fue tan flaca la fe que hice a los avisos ajenos, que tomé por cierto cuanto aquel me dijo; y así, sin pesar ni consideración, me entregué a su sociedad y a un modo de vivir que no convenía con mi sangre ni con mi nombre.

Comenzamos a vivir como sancho y como vagabundos; y aunque al principio hallamos algunos codales que nos dieron a comer, no tardó que fuimos conocidos por ladrones, y por jugadores; y yo, que era poco prevenido en aquello, di, con mi torpeza, a perder todos los bienes que de mis padres me habían quedado, y me dejé arrastrar a muchos fines inauditos y torpes.

Al cabo, desamparado de mis amigos y de mi honra, hallé en mi pecho un gran desconsuelo, y comencé a experimentar la falacia del mundo; y juzgué que la gente que me hacía grande por la calle, y me mostraba tantas cortesías, era la misma que me dejaba luego en necesidad y en oprobio. Esto me puso en tanto enojo, que me resolví a entender mejor en mi vida, y a tomar consideración de lo que debía hacer para vivir honradamente y reparar mis daños.