A la muy alta y soberana y sumamente poderosa Majestad de Dios, y a sus bienaventurados Ángeles, y a todos los Santos, es la honra y la gloria, que solamente alcanzan lo que merecieron; y para mí, que no merecí ni merezco tanto, se haga la súplica de que me socorra, porque ni sé lo que le pido ni cómo rogárselo, ni me atrevo a entrar a aquella gran presencia, ni sola osaría, si no fuese guiada de quien me ha de conducir; ruego a Vuestra Majestad me mande, si le fuere servido, un ángel que me conduzca a ella, y que me saque del mundo y me lleve a su presencia.
Nací en Gotarrendura, lugar de la diócesis de Ávila, y fui bautizada por nombre Teresa. Mis padres fueron don Alonso Sánchez de Cepeda, hidalgo, y doña Beatriz de Ahumada, mujer muy virtuosa y santo ánimo. Mi madre, aunque viniera a faltar en mis primeros años, dejóme muchas cosas que me han ayudado para servir a Dios; y entre ellas la buena fama y crédito que fue con su buena vida y con la de otros parientes, porque de ellos recibí la educación que me dieron. Hice mi profesión de mujer religiosa en el convento de la Encarnación de la ciudad de Ávila, aunque antes había estado en el convento de la Concepción de la misma ciudad.
A los trece años vine a esta casa de la Encarnación, donde estuve con la Primera Profesión. Yo entré allí con mucha devoción y con propósito firme de servir a Dios; mas después vine a ser tan descuidada, que no guardaba la devoción como yo debía; y como era esto más corriente en mi naturaleza, que en otra cosa, comencé a permitir vanidades y charlas y aficiones a mundanas cosas, y aun a ciertas amistades que no convenían a mi estado, de que después me arrepentí mucho.
De mis primeros años tengo memoria de sentir gran turbación y temblor por muchas cosas; y una de ellas fue que, cuando niña, pusiéronme en casa de mi tío el bachiller, persona que me estimaba mucho, y me aficioné a una criada de la casa, llamada Aldonza, y con ella solía jugar; y en un juego que yo traía, me hizo saber ella su buen parecer de mí, y a mi modo de ser vino esto muy mal, y comencé a encapricharme y a sentir donaire y finura en mi espíritu, de que después me vi muy descompuesta, porque esta inclinación me trajo muchas vanidades.
Cuando tuve uso de razon, y cuando ya entendía y veía cosas, me buscaron padres que me pusiesen en casamiento; y aunque mi padre me quería casar, y yo lo consentía por poner buen orden en mi casa, nunca pasó de estar en intención, porque poco después murió mi padre, y yo quedé sin casamiento. Mas bien puedo decir que la mano de Dios me libró de aquel estado; porque yo vi claramente que no era para mí, y por ventura así lo ordenó el Señor, porque más adelante tenía de darme a Él.
En aquellos primeros años me vinieron grandes tribulaciones interiores y una continua inclinación a la soledad; y así, aunque vivía en el convento, sentía tan vivos deseos de apartarme del trato de las mujeres, que me parecía muchas veces que había de enloquecer. Pero, aunque tuve tentaciones y flaquezas, el Señor no me dejaba del todo, y en algunos avisos me mostraba su voluntad, y en otras me daba ánimos y algún consuelo espiritual.
Entré en religión con deseo de ser buena religiosa, y con propósito de hacer muchas mortificaciones; mas poco a poco fui disminuyendo en todo, y aunque muchas veces me propuse mejorar, no lo conseguía como debía; y llegaron a suceder tantas negligencias, que me avergüenzo de decirlas. Viendo esto una prima mía, que era mujer de mucha gravedad, y que ya velaba muy de cerca mi conducta, me dijo que procurase corregirme y que buscase guía espiritual; y en efecto, busqué confesor y guía, y poco a poco comencé a enderezar mi vida.
En este tiempo me sucedieron dos grandes enfermedades que casi me llevaron a la muerte; una de ellas fue a causa de una fiebre con calentura, y la otra por una gran melancolía y tristeza del alma; en ambas vi que Dios me mostraba cuán poco valía sin su ayuda, y cuán necesario era tenerle por amparo. En la primera de ellas prometí en mi pensamiento que si me libraba de la enfermedad me había de dedicar con más fervor a servir a Dios; y por su misericordia me libró, y comencé a darme más a él.
Con todo, aunque me esforzaba en mejorar, veníanme recaídas; y una de ellas fue tan grande, que estuve muchos años sin ser la que debía ser; hasta que vi claramente la malicia de mi naturaleza y la necesidad de un cambio radical. Entonces, por consejo mío y de personas espirituales, comencé a mortificarme y a recogeme más del mundo, y a buscar más de estar en compañía de mujeres piadosas y de quien me afianzase en buen camino.
Después que vino a mi conciencia mayor claridad de mi necesidad de perfección, me puse a meditar más en las cosas de la vida espiritual, y a leer libros de devoción, que me ayudaron grandemente; y entre ellos me dieron buena luz las vidas de algunos santos, las obras de los seguientes de San Francisco y de otros religiosos, y las vidas que me mostraron que la perfección es cosa posible y necesaria para quien quiere llegar a Dios.
Finalmente, poco a poco fui creciendo en servicios y en obras, y vi que Dios me llamaba a fundar, aunque al principio no lo supiera, ni entendiera por qué mi corazón sentía cierto anhelo de apartarse más aún del trato mundano; y por fin se encendió de tal manera mi deseo de servir más a Dios, que tomé resolución de vivir con mayor recogimiento y de obrar lo que hallase que le agradase, aunque hubiera de padecer hartos trabajos y tribulaciones.