Los pazos de Ulloa

Emilia Pardo Bazán

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En el verano de 18—, oloroso de río, de castaño y de estiércol, me dirigí, por primera vez en mi vida, al pazo de Ulloa, ocupado entonces por don Pedro Moscoso, señor de aquella casa y de otras colindantes. No era yo, sin embargo, ni pariente ni dependiente suyo: mis relaciones con él habían nacido de la circunstancia de ser su administrador general la casa de mi suegro, y de la afición que tenía a los estudios agrícolas y a las plantas forrajeras. Mi propósito al marchar al pazo consistía en examinar un lote de praderas que el señorío ofrecía comprar. Me acompañaba en mi viaje un mozo muy conocido en la comarca por lo robusto y lo desenvuelto: se llamaba Primitivo. Habíamos salido de La Coruña en coche, y en la penúltima posta habíamos hablado largamente de políticas y de curas; porque la ruta de los pazos es, para los andurriales gallegos, como un compendio de la vida nacional, donde se mezclan los recuerdos feudales con las prácticas modernas y con la intriga eclesiástica.