Sonetos de la muerte

Gabriela Mistral

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Yo no tengo soledad: tengo recuerdos. Yo no tengo soledad: tengo contigo, con el más amado de los que fueron míos. Yo no, yo no tengo soledad, que tengo aquello que nadie tuvo: el corazón herido por la ausencia que huele a muerte y a olvido.

Yo no tengo soledad: tengo esta pena que ensancha mis oídos, que ensancha mis manos, y me hace hablar con muros, y me da hambre. Tengo hambre de tu boca y de tu sueño, tengo frío en la frente y en las sienes tengo la noche que se rompe con su relámpago.

Yo no tengo soledad: yo tengo el llanto que se parece a un río que no se cansa; y tengo, cuando me duermo, tu voz que viene como un olor de casa que en la noche entra. Te siento en la verdad de todo lo que miro; te siento y me despiertas con tu silencio.

Yo no tengo soledad: tengo tu sombra en las cosas que estaban a nuestro lado; la mesa que te esperaba, la silla que dormía. Tengo el polvo de tus pies en el pan que como; la lluvia que te mira por la ventana me mira con tus ojos y me trae lluvia.

Yo no tengo soledad: tengo la herida que te dejó la muerte en el centro del pecho; tengo el agujero claro donde tu nombre cabe. Si me río, me hundo con la risa misma; si me vuelvo al pasado, me vuelvo y te hallo como el que va y trae un fósforo encendido.

Yo no tengo soledad: tengo la voz tuya que se enreda en mis cabellos cuando duermo, y tengo la mano tuya que me toca el alma: la mano que no vuelve, la mano que es muerte. La mano que era un árbol y que ya es sombra, la mano que se fue para no volver.

Yo no tengo soledad: tengo el silencio que me abrió su hueco como una campana; tengo el hueco en mi sueño, tengo el hueco en la mesa, tengo el hueco en la casa, tengo el hueco en la noche. Y este silencio tiene forma de tu cuerpo; este silencio guarda la forma de tu nombre.

Yo no tengo soledad: tengo la muerte en mi cama y en mi comida, en mi vestido. La muerte que te llevó tenía mis ojos. La muerte que te llevó tiene mi voz. Ella me anda buscando por todas partes; ella me busca y me llama a su costado.

Yo no tengo soledad: tengo su paso en la casa, tengo su sombra en los suelos; tengo su talle en la puerta y sus cabellos en el cepillo que en la mesa se quedó. Tengo su huella en el carro; tengo su beso en el pan que me guardó para la tarde.

Yo no tengo soledad: tengo tu muerte como un espejo en el que me miro entera; tengo tus ojos muertos como dos luceros que me miran al pasar, y me dan su frío. Tengo tu imagen tuya en mi corazón abierto; tengo en el pecho aquel hueco que es un lago.