Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: capítulo X

Miguel de Cervantes Saavedra

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Acordaron, pues, ir a buscar la venta, y siguiendo la misma carretera de que venían, pudieron llegar a ella al punto que, si no se hubiese levantado aquel viento con que salieron los amores, no habían llegado sino a tiempo de ver cuándo la cerraba; porque el mercado y los batanes y toda la ribera de aquel río estaban tan llenos de gentío, que parecía que la tierra no pudiera contenerlos; y aunque todos iban con gran ansiedad a ver a un hombre herido, el bullicio y clamor era tal, que apenas dejaban distinguir lo que pasaba.

La dueña de la venta, que era la misma que había tratado tan mal a don Quijote en la primera jornada, y que no había podido olvidar los latigazos, estaba asomada en la puerta y, viendo tanta gente y oyendo los lloros de la moza, tuvo compasión y mandó que la metiesen a su casa; manda, a su vez, que le diesen agua y ropas, y que le recobrase un poco el calor, aunque con secretas punzadas de enojo y recelo por ver que los otros habían entrado en tomarse venganza de ella por la falta pasada.

Don Quijote, aunque ya algo más templado, no dejó de dar voces y de pedir a los que allí estaban que le diesen lugar; y contando con su fuerza y las razones que se le antojaban, comenzó a hablar en voz alta en defensa del pobre labrador, pidiendo justicia contra los que le habían herido; pero la mujer, echando mano a la saña que ya venía de antes, le respondió con burlas y con desaire, y le declaró que los que habían hecho aquello eran los huéspedes de la venta, y que ella no tenía culpa.

Quiso Sancho ponerse en medio para abogar por la moza y por el labrador; pero no pudo atender a muchas razones, porque la multitud, animada con la curiosidad, y sobresaltada con los gritos, empezó a rondar de tal manera que no se sabía quién era el que mandaba; y sucedió lo que en estas confusiones suele suceder: que cada uno se puso en su interés y nadie en la justicia, y la discusión llegó a tanto que vinieron a manos.

Al fin, y siendo ya más por consejo de otros que por voluntad suya, salió a la plazuela el alcalde de la villa, acompañado de alguaciles, y determinó que se llevasen a los que habían empezado el altercado, y que se castigasen conforme a derecho; pero, no bien se llegó a esto, los huéspedes de la venta dijeron que no eran culpables, y al presente se alzaron voces contra el labrador diciendo que era pícaro y pendenciero y que, con alborotos y quejas, quería hacer que la mujer fuese maltratada por curiosas razones.

Mientras tanto, don Quijote, con el corazón inflamado de justicia y de valor, no pudo sufrir que tales ofensas quedasen sin respuesta, y, armándose con las razones de la caballería, y echando mano a la espada, que aunque de madera él tenía por de acero, comenzó a amenazar a los que le oían, prometiendo que haría justicia por sí solo; y la multitud, que estaba ya mermada por las diligencias del alcalde, no se atrevió a resistirle, sino que con voces y ruegos procuraban calmarle.

Consiguió, pues, don Quijote con su ardor que se templase la cosa; y habiéndose sentado un poco, habló a la gente en forma de un juez y no de un hombre privado, haciendo grandes razones de honra y de razón; y por último mandó que el agraviado fuese puesto en paz, que se restituyesen las cosas, y que la venta hiciese las amonestaciones debidas para que no se volviese a repetir tan mala acción.

Sancho, viendo que todo iba en calma y que su señor había puesto cordura donde antes había sólo apasionamiento, procuró persuadirle a que se alimentase y reposase un poco, y que no se empeñase en continuar el camino con ánimo tan caliente; pero don Quijote respondió que, aunque ya la cosa estaba pacificada, no por eso había menester dejar de andar en busca de nuevas empresas que le sacasen del letargo de la fijeza; y así, viviendo la gente de la venta en suspenso y reverencia, se dieron prontos remedios a los que estaban heridos, y la jornada se terminó con cierto sosiego.