Soledades

Luis de Góngora y Argote

Original language · as published

De las piñas tomadas, de los tristes Amores que lloraron sus pecados, y de la gloria y honor de Tíndaro. ¡Oh alta cabeza de Baco! ¿Quién te vio de mi parecer? ¿Quién en tanta desgracia y desdicha? ¡Ni aun en yerra ni acierta el ladrón de la nobleza! ¡Oh triste rayo! ¡Oh suerte adversa! ¡Oh que fueras, Ocaso, ya hecho pedazos! Porque la pena que al corazón me cupo, mayor no pudo ser: y yo, que soy de los pocos, que viendo el mal de mi patria, no puedo reír.

Mas ¡ay! que, cuando yo vi la Marina, y el aire de los montes, y la lumbre del día, y la luna en los puñales, me acordé del paso que hizo Vesta en la tierra, y de la gloria que en Roma se vio: y así, del claro tálamo espantosa entrada, pasé a las Soledades; y hallé por todas partes silencios, y penas, y memorias de las cosas que fueron.

Allí vi los ríos, y las fuentes clandestinas, que, por huir del ruido del vulgo, trabajan con más presteza; vi los montes, que por ser sobrios están de apuros; vi las selvas, que por ser frondas ocultan sus sustos; vi las yerbas, que poniendo cara al suelo, andaban más calladas; y vi las aves, que temiendo al hombre, se callaban y mudaban el uso.

Y vi las miserias de las gentes que vivían en ellas, y sus trabajos nocturnos; vi las moradas apartadas, y las tiendas desiertas; vi las bodas enterradas, y los nacimientos muertos; vi a las madres que lloraban, a los padres que suspiraban, a los hijos que temblaban por la hambre; y en todas estas visiones hallé memoria de mi propio dolor.

Mas no todo era llanto; que, entre sus sombras, las Soledades descubrieron también algún reflejo de alegría: el paso de un viajero que, ligero, cruzaba el campo; la huella de un caballero que había pasado ajeno del daño; la voz de una fuente que, rompiendo la tristeza, daba nuevo rumor a la llanura; y el vuelo de una paloma que parecía llevar noticias de amor.

Mas ¡ay! la memoria de los antiguos pasó por mi mente: las cosas que fueron grandes, y hoy están caídas; los palacios que fueron, y hoy son ruinas; las estatuas que fueron, y hoy polvo; las glorias que fueron, y hoy sombras. Y pensé en la vanidad de la humana empresa, que, como la flor, nace, y en un momento se consume.

Y así, puesto mi rostro en la soledad, me pareció que el mundo se volvía a mí: y escuché voces antiguas, y sentí nombres de héroes, y vi la imagen de la muerte que, tranquila, esperaba su hora; y, entre todas, la mía propia, que me llamó con voz suave, y me dijo: ¡ven! que aquí no hay engaño, y la verdad es hermana del silencio.

Entonces quise hablar con la Naturaleza, y preguntarle por qué ocultaba sus designios; y la Natura respondió con su lenguaje mudo: moviendo las hojas, dejando caer las flores, susurrando las fuentes, y mostrando en la orilla el paso del tiempo; y entendí que su lección era la paciencia, y su ciencia el silencio.

Y, volviendo los ojos a la mar, vi que el movimiento del agua es semejante al del alma humana: ora bravío, ora sosegado; ora claro, ora oscuro; ora generoso, ora tempestuoso; y que, como la mar, el corazón tiene bahías de paz y peñascos de dolor; y que sólo en la mudanza se halla lo cierto.

Finalmente, dejé las Soledades con espíritu cansado, pero con la idea claridad: que la vida es tránsito, y que el que vive atento, aunque sufra, aprende; y que el arte de sufrir con razón es el mayor tesoro que la humana experiencia puede enseñar, porque en la paciencia se encuentra la verdadera nobleza.